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The Generalitat government's obsessive interest in reducing its cultural policy to to a merely linguistic policy has proved to be enormously harmful to this country, because it has ended up fostering the idea that working for culture is only a matter of translating everything into Catalan

-- Josep Ramoneda

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"Trato de explicar mi decisión al presidente de mi viejo partido y me pide que devuelva el carnet" |  El nuevo conseller relata en el suplemento 'Cultura|s', de La Vanguardia, sus últimas horas antes de aceptar la oferta de Mas 

 LA Vanguardia

14 de diciembre, martes

Solemne acto conmemorativo del 150 aniversario del Ateneu Barcelonès. Pongo de relieve por qué razón los ateneos son más cosa de futuro que no de pasado. Me place ser vicepresidente de esta entidad. Con Oriol Bohigas al frente, con el esfuerzo desinteresado de los demás amigos de la junta le hemos dado la vuelta. Todo es cuestión de ideas, esfuerzo y cooperación. Los asistentes lo reconocen. Oriol recibe una entrañable ovación. El acto es también un homenaje a quien ha capitaneado la transformación. Cuando sea oportuno propondré que la sala inaugurada lleve su nombre.

24 de diciembre, viernes.

Me desayuno con dos noticias inquietantes. Jorge Herralde ha vendido su mítico sello a la italiana Feltrinelli y el Archivo de Carmen Balcells ya está en Alcalá de Henares. Me pregunto por qué razón el país deja escapar con tanta indiferencia dos fragmentos no menores de nuestro mejor capital, el cultural. Hoy Barcelona es algo menos ciudad de editores y hoy la capital de Catalunya ha dejado perder el legado que mejor atestiguaba uno de sus momentos más interesantes de su historia reciente: haber inventado y orquestado el despliegue mundial de la mejor literatura latinoamericana.




24 de diciembre, viernes.

De pronto, a las diez de la mañana de la vigilia de Navidad suena el móvil. En el otro lado de la línea está el presidente de mi país. Me pregunta si me importaría verle en un par de horas. Acudo a la cita, puntual. Él también lo es. Después de los preámbulos me pregunta si quiero ser miembro de su gobierno y dirigir la cartera de Cultura. No me esconde que el inicio será duro, que después quién sabe, pero que en principio si las cosas mejoran desearía que su primera legislatura tuviese una especial significación cultural. Me explica sus argumentos. Quiere a alguien que haga planteamientos de fondo y de futuro. Hago preguntas. Dos esenciales. Mi perfil generará dos reacciones: un debate político notable y una expectativa muy exigente por parte de los diversos sectores culturales. La conversación es larga y franca. Agradable, ordenada. Sincera. En política casi nunca lo son o por lo menos casi nunca lo parecen. ¿Vamos a pensarlo? Por qué no, me digo. Muy pocas veces he conseguido hablar seriamente sobre la cultura de tu país con tu presidente. Sales convencido: este hombre está dispuesto a romper algún molde. De todos modos es una locura. Si aceptaras, armarías un buen lío. Tu partido de referencia no está en su mejor momento. Está enrocado y muy posiblemente la hipótesis de hacer con sus oponentes lo que nunca dejaron que hicieras con ellos les parecerá inadmisible. Les domina un formato antiguo de política. Prefieren la confrontación a la concertación. El diálogo de tanteo con algunos de los máximos dirigentes te lo hace evidente: no les parece concebible. Sólo se les ocurre hablarte del carnet que deberás devolver. No consigues hablar de política, sólo de carnets yenemigos; menos todavía de cultura. La cultura no importa. El circuito de llamadas se va ampliando. Todos los argumentos son parecidos. Todos lo plantean en términos de confrontación. Son proyectos opuestos, antagónicos. Sí –digo yo–, pero nuestro país no está precisamente para cuatro años de enfrentamientos a la vieja usanza. Catalunya necesita concertación, no confrontación. Además, sigo sin entender por qué razón los dirigentes del PSC nunca quisieron aplicar su propio proyecto cultural, por qué razón el PSC ha defraudado tantas veces al sector cultural en estos últimos siete años. Pienso en todo eso mientras acudo como cada año al tradicional Cant de la Sibil·la.

25 y 26 de diciembre.

Sábado y domingo. Mi cabeza hierve. Catalunya vive encajada en una triple crisis de raíz profunda. La económica, dura e impecable; no resoluble en términos estrictamente nacionales, ni tan sólo estatales. La del Estado, extremadamente grave y en fase decisiva; si Catalunya no se libra del peso que supone el actual modelo de Estado, difícilmente saldrá del estrés por sobreesfuerzo en la que anda sometida desde hace demasiado tiempo. Finalmente la política. Los catalanes están cansados de las formas de representación que ofrecen los partidos; los ciudadanos queremos acuerdos, pactos y progreso, no guerras bizantinas, confrontaciones y descalificaciones. Es tiempo de un modo nuevo de hacer política y algunos no parecen verlo. Acabar con la desafección es acabar con la preeminencia de los intereses de los núcleos duros de los partidos políticos. Una foto en un periódico da cuenta de mi reunión de ayer con el presidente de la Generalitat. Mi debate conmigo mismo se hace público. La familia, la comida de Navidad, los regalos, todo se difumina en el mosaico de una meditación de fondo. Hace cuatro años que no estoy en ningún organismo de dirección política. Mi única militancia es una cuota mensual pagada por tradición desde hace más de 25 años. Mis artículos y reflexiones públicas suelen ser mejor acogidas por los demás que por mis propios correligionarios. Trato de poner en orden la secuencia de valores que debe guiar mi decisión. En primer lugar, mi propia convicción sobre el papel esencial de lo cultural. En segundo lugar, los intereses del país. Y sólo en tercer lugar, los intereses de los dirigentes de mi viejo partido. Estoy convencido de que un país vale lo que vale su cultura. Estoy seguro de que la Catalunya democrática en pocas ocasiones ha hecho las políticas culturales que se corresponden con esa convicción. En las políticas culturales demasiado a menudo han prevalecido los intereses de la política corta antes que los de la cultura. Estoy del todo seguro de que la clase de nación a la que hay que aspirar será posible sólo si damos a la cultura un rol renovado: debe ser el instrumento conscientemente constituyente del modelo avanzado de identidad, creatividad, progreso y comunidad que debemos construir. Las llamadas de amigos y conocidos siguen en la onda del día anterior. Algunos parecen considerarme una propiedad del partido. Otros me hablan de la alcaldía de Barcelona. Todos saben cosas de buena tinta. Nadie quiere que su nombre salga a relucir. Estoy harto de este tema. El proceso está siendo barroco, malévolo, malintencionado, profesionalmente perjudicial. El PSC debe aprender a gestionar estas cosas con transparencia o sólo le quedaran dirigentes de aparato. A última hora hablo de nuevo con el presidente. Le expongo mis dudas. Políticamente será complicado, culturalmente puede ser provechoso, personalmente será difícil: esta es mi conclusión. Renuevo mis condiciones. La conversación sigue siendo franca y motivadora.

27 de diciembre, lunes.

A las diez de la mañana me llama de nuevo el presidente. He pensado a fondo durante buena parte de la noche. Estoy decidido a aceptar, pero quiero saber si el presidente sigue convencido. Lo está. Está dispuesto a jugar. Yo también. Digo que adelante. Hablo con el presidente de mi viejo partido: trato de explicarle mi decisión. Me pide que devuelva el carnet.

28 de diciembre, martes.

Hablo con Sergio Vila-Sanjuán. Ambos estamos de acuerdo, esta sección no podrá continuar tal cual; tal vez en otro formato, ya hablaremos. De todos modos me pide una última entrega de 'La cultura de la cultura'. Es la que está usted leyendo. Con ella me despido. Es lo que tiene aceptar determinados encargos políticos: dejar de hacer cosas que te producen placer. Amigos lectores, hasta pronto, gracias. Ha sido un verdadero placer escribir para ustedes.
Miércoles, 12 Enero, 2011     Versión imprimible  

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